El barón rampante

73507

Puntuación 

3,5 sobre 5

Tenemos ante nosotros la historia de un noble que decide, cuando es aún un niño, desarrollar toda su vida en los árboles, sin volver a pisar tierra. Como veis el argumento es absolutamente esperpéntico, se sustenta en el tema que el propio autor definió como objetivo de su obra: “Una persona se fija voluntariamente una difícil regla y la sigue hasta sus últimas consecuencias, ya que sin ella no sería él mismo ni para sí ni para los otros”.

Está latente durante la narración la idea de que quien alejado por voluntad propia de las dinámicas sociales habituales logra incidir en el desarrollo del mundo más que muchos que se mantienen en ellas, además de la capacidad de lograr un estatus de identidad (seguridad y libertad) con un firme propósito de vida como punto de partida.

El protagonista vive aventuras y amores residiendo en las alturas, interviene en la historia de su pueblo y su fama traspasa fronteras.

Creo recomendable afrontar esta lectura sabiendo que no se trata de una novela de puro entretenimiento, con giros narrativos, tramas internas y acción por doquier; esta es una obra con una prosa de una ampulosidad medida, para disfrutar con sosiego, distante de la narrativa que abriga la acción desnuda de forma, aunque en el último tercio del libro se despliega una parte imaginativa bastante entretenida que hace concluir la historia con una sensación agradable.

En ningún momento la trama me ha suscitado demasiado interés, no he acabado ningún capítulo con entusiasmo por empezar el siguiente. El peso del atractivo literario de la obra ha recaído, en mi caso, en la espléndida forma de narrar.

Sabiendo a lo que nos enfrentamos puede ser una delicia literaria. Si por el contrario buscáis acción, grandes personajes, viajes y derroche de fantasía, es probable que os haga sufrir.

 

2 comentarios en “El barón rampante

  1. Lo leí hace muchos años, en una trilogía que incluía también El vizconde demediado y El caballero inexistente. Tengo buen recuerdo de ellas, me quedé con un poso agradable, sin más. Un saludo, Yolanda.

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